GABINETE SALVAJE, 2013| MONICA GAMEROS







CASO PERDIDO

... Y qué mierda me va a decir la psicóloga
si  guarda su miseria bajo el sobrepeso de su vientre,
atacada por la angustia de verse reflejada en mis demonios.

Cómo podría decirle toda la verdad sin que se proyecte en mí
como un espejo de la mujer que
-en realidad- es ella.

Cómo decirle que respeto sus ideas,
que aprecio su esfuerzo por ajustarme a este rompecabezas,
que es inútil,
que soy pieza de otro juego de mesa.

Cómo decirle que tiene razón,
que su diagnóstico es perfecto: Soy ajena;
no pertenezco a nada, nunca he podido,
las multitudes son cardumen sumido en inercia; inadaptada,
no sé obedecer, no sé callar, no sé evadirme; soy antisocial,
me aparto de las eufóricas y fanáticas masas,
propensas a la ceguera,
dispuestas al mute,
adheridas al protector de pantalla.

Cómo le digo que no valoro lo que todos persiguen,
cómo decirle que soy real,
cómo le digo que para mí 
el dinero no es la medida de nada, de nadie.

Cómo decirle que soy cínica,
que acepto ser contradictoria igual que el resto,
sólo que la mentira me cansa,     y las máscaras,
me gustan nada más,                   
                                           para los días de carnaval...


Somos mercancía, si hay suerte genética,
destinadas estamos
                                        a ser producto de colección.

Todas somos máquinas de reproducción en serie.

Conforme pasa el tiempo,
perdemos  valor en el mercado.
Conforme pasa el tiempo,
los consumidores,
regatean con mayor insistencia.

Podríamos ocupar un lugar en la puja de los coleccionistas adinerados,
siempre  que            -claro está- 
sigamos las reglas del comercio
                                          y nos adaptemos a los moldes más solicitados.

Al parecer no hay opciones de escape:
                                           ricas y pobres tenemos que aceptarlo.

Hacer  lo contrario cuesta: se cobra con aislamiento,
repudio, prejuicio, y al final,
seremos denigradas por ser viejas,
inadaptadas e insolentes,
                                                  putas… 
                                                                   raras.

Somos mercancía: podríamos no serlo.
Es la única oportunidad que tenemos
para escapar de la repisa del remate.

Algunas -unas cuantas- deciden no cumplir con el mercado.

Las menos, se niegan a ser reproductoras;
otras renunciamos a callar,
nos negamos a guardar en secrecía
todo eso que se acepta al recibir una argolla,
una herencia,
un patrimonio.

Nos preparamos para seguir el camino solas.

 Todas somos máquinas de reproducción en serie.

Sin ese poder,
no hay hombre que nos quiera; si lo hubiera,
entonces habría encontrado el verdadero amor,
el más puro, el único;
porque carece de sentido vivir con un hombre
si no es para compartir la riqueza,
o eso me han dicho,

supongo, que igual resulta ridículo vivir con una mujer
que no garantice la herencia genética;

si eso existe, para mí es suficiente prueba
de que el amor no es sólo una idea.



Qué será de mí cuando el desierto se expanda sobre mis cuencos...


En un marasmo, mi cabeza incontrolable navega sobre desdicha,
se me desborda la impaciencia, me invade el rencor ante la destrucción
                                                                               administrada hasta el infinito.

Me pregunto para qué tal cantidad de desprecio.
Cuándo se devaluó la vida. Apenas vale unos billetes; apenas,
unos segundos de vergüenza; apenas un minuto de silencio.

Como si con ello laváramos la culpa de nuestra omisión,
como si con ello limpiáramos nuestro egoísmo impuesto por la cultura del depredador,  tolerado a condición de que no destruya nuestro camino.

La vida no importa cuando se es un suspiro largo;
se vuelve desecho cuando se es parte de una promesa;
cuando se es una señal aguda en medio de un terremoto.
                                              
Me ahogo entre mares de nausea y me repito todo el tiempo:
aún puedo hacerlo, aún puedo revolver el orden de los días, apuntar al talón,
causar la destrucción de toda cosa diseñada por la avaricia
& río hasta las lagrimas al pensar en la inmortalidad,
río peces dorados en migración.

Desbordada, me inunda la furia contra las lenguas del sosiego,
habría que arrancarlas de una tajada,
exprimirlas para refrescar la ansiedad, y por fin,
impulsar osadía.

Sería un mundo bello.
Sería un mundo anormal.

Sobre tus labios, quiero soñar que extenderás los brazos
para sostener a los críos en su libre caída.

Ansío comer flores,
atragantarme con flores,
eructar flores,
y no detenerme
hasta que las estrellas sean tus ojos.
¿Recuerdas cuando comíamos besos y era suficiente?
Qué días los de la fuga,
los amaneceres llenos de sueños,
las noches llenas de fantasía.
La utopía era nuestro idioma,
la rebelión nuestra bandera, y ellos
con la lengua sedada, siempre decían espera,
espera, pero no había paciencia.

Qué días aquellos,
los besos eran pimienta,
el amor algo tangible,
la verdad, perfecta armonía.

Nos fuimos de casa,
rompimos raíces,
atrás dejamos toda su locura,
toda su desidia.

Al mundo normal,
le cerramos la puerta.
Cerramos los ojos
para esconder la llave;
el lixir lo arrojamos al drenaje;
las galletas las dimos a las aves
que se fueron del planeta.

Emprendimos la fuga,
sabíamos que no había retorno,
soñamos con lo imposible,
estábamos dispuestos a olvidarnos de las fronteras.


ERMITAÑA, 
ando escondida de la polución, pero es inútil,
se mete por las orillas de la ventana,
por las gargantas de merólicos que al pie de escalera,
al extremo opuesto del corredor,
venden agua, fuego, felicidad.

Ando escondida de los químicos que me causan alergia,
pero están mezclados con el agua que me baña,
con la carne de los muros de mi casa,
con el aire que jalo para seguir suspirando.

Ando escondida del veneno del sistema, pero
por más que hago, siempre me encuentra,
se sale de la pantalla, del teclado, de la radio.

Se alborota y se encierra conmigo en casa,
como si quisiera seguir aferrado a mi piel,
a mi voz, a mis ojos, a mi canto.

Ando escondida,
me repliego por los rincones de la casa,
pero nada basta,
no hay orificio que me guarde,
no hay eco que me alcance para decir
¡Basta!, ¡Ya basta!,
¡No me sigas jodiendo!
Mira que si desespero, te encañonaré y seguro
saldrás corriendo!

Y yo, pacifista como soy,
apago la TV, enmudezco la radio,
cierro las ventanas para rebotar el estertor de la histeria en masa,
y prendo incienso, cierro los ojos, exhalo.

Exhalo y extirpo de mí
 toda esta locura llamada
mundo civilizado.


-Monica Gameros-

Lectura en el 27 GABINETE SALVAJE, Ciudad de México 2013, Foro